martes, 17 de mayo de 2016

HILARIO BARRERO - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA


Diario de un jubilado en Nueva York (11): Mal de ojo

To grow old is to lose everything.
Aging, everybody knows it.
Even when we are Young,
we glimpse it sometimes, and nod our heads
when a grandfather dies...
(Envejecer es perderlo todo./Cuando se envejece, todo el mundo lo sabe. /Incluso cuando somos jóvenes/lo vislumbramos a veces e inclinamos las cabezas/cuando un abuelo muere).
El otro día fui al oculista porque perdía algo. Cada día uno va perdiendo vida. Cuando me saludó me recordó que hacía siete años que no lo veía, aunque él, al final de la accidentada visita, me vio muy bien (para eso es oculista). Me sentí raro deletreando en inglés el cartelón de consonantes que me puso delante de mi nariz, en la que cabalgaba una estructura metálica y pesada. Me recordaban las antiparras que lleva el cardenal inquisidor Fernando Niño de Guevara en el cuadro de El Greco que se exhibe en el Metropolitan. Como el doctor notaba mis titubeos consonánticos iba añadiendo cristales al artilugio, lo que hacía que las letras se enturbiaran y se volvieran borrosas. Llegó un momento en que el trasiego de cristales era tan rápido que notaba un excesivo peso sobre mi nariz. Donde había una pe yo decía pe y donde una hache yo decía hache, en vez de decir «pi» o «aitch». El oculista me miraba confundido y debió de pensar que, dado el tiempo que había transcurrido sin visitarlo, había perdido no solo la visión sino también la razón.
Al darme cuenta de mi error lingüístico y cambiar a la lengua de Shakespeare, el doctor empezó a quitar cristales del armatoste y mi nariz se alivió del peso. Luego la ayudante me hizo varias pruebas, tantas que terminé con un ciego dolor de cabeza. Una de ellas consistía en apretar un control remoto cada vez que unas señales luminosas, unas suaves y otras fuertes, aparecían inesperadamente como estrellas perdidas en una bóveda falsamente azul. (Yo todo el tiempo pensaba en el terceto final del soneto de Argensola). Y así me fue.
Porque ese cielo azul que todos vemos,
ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande
que no sea verdad tanta belleza!
Todo acabó bien, no presagios de cataratas, ningún indicio de que me pueda parecer a Homero, una cita para dentro de seis meses, el dolor de cabeza, una niebla que me duró unas cuantas horas, una sensación de caminar flotando y casi dos dioptrías más en el ojo derecho. El izquierdo, en palabras del oculista, está arruinado. Se diría que hubiera estado mirando durante mucho tiempo en dirección contraria a la del gobierno.
Y como uno nunca pierde de vista la poesía al caminar a tu lado, sabiéndome protegido, me acordé de don Antonio:
El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.