viernes, 24 de julio de 2015

Correo de España (4). Anáfora.







Me llega el número 5 de Anáfora, por cortesía de Pablo Núñez. Lo que se agradece. Abre la sección Poesía un poema de Miguel d´Ors y enriquecen este apartado dos poemas de Javier Almuzara y Marcos Tramón. De éste son estos versos: “Lo que la luz promete / será morir mañana. / Hoy es un día pleno / de sol”. Tres espléndidas muestras de la poesía de John Clare traducidas al castellano por un maestro en estas lides: Rivero Taravillo. Rodríguez Adrados, Laura Freixes,  Miguel Floriano y Saúl Borel cubren el apartado de Prosa. Cierra el número de julio el apartado Lecturas con un chisporroteo de notas críticas, algunas oscuras, otras claras y el resto con luz intermitente. Leemos con alegría la dedicada a Motivos personales, de José Luis Morante que firma Cristian David López que, junto a Pablo Núñez, coordina la revista. Anáfora: la revista que no se repite.

jueves, 23 de julio de 2015

Piedra.

               




              PIEDRA

Al final de la tarde,
después de un día oscuro
su piel acartonada en los tejados,
lluvia de madrugada
y un viento suave de tiza humedecido,
por un instante breve, nace una luz cansada
que bautiza de fiesta a las fachadas.
Me acerco a la ventana
y el paisaje nombrado tantas veces
me enmarca un lienzo nuevo,
mientras la luz perfuma tus temblores.
Al inclinarme lento a descifrar
la piedra iluminada de tu valle,
el tiempo me recibe con sus montes
cerrados, convirtiendo mis labios
en torpes espejismos donde el deseo
muerde su enigma más helado.
Y escuchando el sonido del incendio
de nuestro antiguo fuego,
confundido por códigos y signos
que son indescifrables,
me hundo en la ceniza de tu almohada,
a que llegue la noche y me condene
desnudo entre la piel de tu paisaje.




martes, 21 de julio de 2015

Pensé que fuera el amor. (2).





        Se llena de invierno el Cuaderno con este poema de Martín López-Vega, que es uno de mis preferidos. Un poema debe ser un mundo y aquí el poeta ha  creado y recreado uno en donde la naturaleza convive con la “arquitectura” rural del pueblo y en donde el elemento humano aparece en la vejez apresurada y el llanto de un niño que abren y cierran el poema. Un poema como un huracán, rápido y vertiginoso que acaba con eso que llaman amor y que enriquece nuestra antologia en marcha.



DIZIANI

Llegué a la aldea una tarde. Vi aves alejándose
por el cielo hacia lo oscuro,
ancianas que volvían apresuradas a casa
dejando la ropa húmeda en el lavadero,
tabernas cerradas, caminos bruscamente
cegados, puertas y contraventanas selladas,
un niño que lloraba en una casa, no sabía dónde.
Pregunté quién llegaba. Me dijeron:
Es el invierno. Pensé que fuera el amor.