sábado, 22 de noviembre de 2014

Antologia de poetas toledanos menores XIV








Hugh Barkington-Fitzpatrick nació en Guilford (Surrey) en 1900, miembro de una familia acomodada con negocios vinícolas en la provincia de Cádiz; terminada la Primera Guerra Mundial Hugh viajó a Jerez y quedó prendado de la tierra andaluza, allí aprendió español y comenzó estudios de enología, pero su verdadera vocación eran la poesía y los caballos andaluces. Durante los años veinte residió en Toledo, donde publicó un pequeño tomo de poemas en la editorial La Delenda. En 1940 viajó a Cádiz, y allí contrajo un tifus exantemático que lo llevó a una tumba temprana. Está enterrado en el cementerio inglés de Málaga, cerca de la tumba del poeta Jorge Guillén. El soneto que copiamos a continuación lo hallamos en un ejemplar de la revista The Monthly Mediterranean, que se publicaba en Menorca recién acabada la Segunda Guerra Mundial. Según la profesora Eingels Swarthy, se trata de un poema profético, en el que el autor presiente su temprana muerte.


La duda se pasea lentamente
recordándome siempre a cada paso
que de noche no duermo por si acaso
tengo que despertarme de repente.

Oigo voces, ladridos, veo un puente
que tengo que cruzar en el ocaso,
llegué tarde a la cita, con retraso,
no conozco este ruido ni esta gente.

Vienen a mi memoria en esta hora
los recuerdos felices, mi sonrisa,
el olor de la infancia y de mi suerte.

Siento mi vida que empezando ahora
parece que se acaba muy deprisa
oyendo la llamada de la muerte.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La casa con una sombra dentro 44









44


Mi abuela se negó, después de terminada la Guerra civil del 36, a poner laurel en las judías o en las patatas viudas, porque según ella el laurel se “cosechaba”  en los cementerios, producto de las coronas ofrecidas a los caídos por Dios y por España. A mi madre, entonces apenas veinte años, la nombraron directora de Auxilio Social. Era la recompensa que el gobierno franquista le daba por haber perdido a su padre y a su hermano a manos de los republicanos que los mataron, a pocos metros de su casa, mientras mi abuela y mi madre oían los tiros que les daban en una madrugada de agosto. Mi tío había sido un pez gordo con los falangistas, había conocido a José Antonio, intervenido en un mitin celebrado en el Teatro de Rojas en presencia del fundador de la Falange y servido como abogado de oficio a muchos pobres infractores de la ley. Mi abuela se murió de pena, decía mi madre.  Y ella se quedó sola con el cargo, la casa, la ausencia, el dolor, el luto, las ruinas, las caras de los niños hambrientos, de las mujeres sin marido que le suplicaban una ración más... Se quedó, y le han durado toda su vida, con rostros agradecidos que cuando la veían la saludaban llamándola “Señorita Carmen”, cuando ya mi madre tenía ocho hijos y era toda una señora.  
        Esa señorita que tenía que dar cuentas de lo que hacía a un malvado jesuita,  que era el que supervisaba que todo se hiciera de acuerdo con la ley, quedó inmortalizada para su familia en un documental que el Nodo grabó de una visita que en el año 1940 Ramón Serrano Súñer hizo al alcázar de Toledo junto a Pilar Primo de Rivera. Fueron acompañados, decía el locutor con voz ampulosa y triunfante, por el “glorioso” general Moscardó. Esa señorita, vestida de luto, llevando el mismo paso que el general y el ministro, aparece varias veces en el documental con las autoridades. Lleva un libro en la mano y va en medio de dos amigas que la cogen del brazo. Se la ve entrar en el alcázar, se la ve escuchar las explicaciones del glorioso Moscardó, se la ve atenta a lo que ocurre y, ya al final, antes de desvanecerse para siempre del documento gráfico, cuando el cuñadísimo va a depositar una enorme corona de laurel sobre un montón de ruinas, se la ve levantar el brazo en alto y abrir la boca como si fuera a cantar el “Cara al sol”. ¿Pensaría mi madre en su madre y en las patatas viudas ante esa enorme corona de laurel?