sábado, 15 de noviembre de 2014

Antología de poetas toledanos menores XIII



“Colección RyD. Toletum” tuvo un cierto renombre en los 40. La mayoría pensaba que el nombre pertenecía a las iniciales de su editor, que se llamaba Raimundo Díaz. En ella publicó García Nieto sus sonetos al Corpus Christi. Heliodoro Buitrago, que estaba muy orgulloso de que su nombre significara “don del sol”, se veía oscurecido porque  sus padres tenían un floreciente negocio de persianas, pero a pesar de ello estuvo a punto de que RyD le publicara un libro de siete sonetos de amor. Cuando el librito estaba maquetado, la portada en un gris pálido con un desnudo pintado por Gregorio Prieto, el Delegado de Información y Turismo, de cuyo nombre uno no quiere acordarse, enterado de la publicación por uno de sus espías que acudía a la tertulia que Raimundo tenía en café Español,  aconsejó que se modificaran la portada y algunas metáforas, “sobre todo en los sonetos dos y siete”. El periódico El Alcázar arremetió contra el libro, sin que el periodista lo hubiese leído y La Tribuna de Zocodover, en un artículo escrito por el magistral de la Santa Iglesia Catedral Primada, Don Filiberto (que más tarde colgaría la sotana y se iría a vivir a Barcelona con el coadjutor de una parroquia de Talavera), dejó claro que “ya la portada incitaba al pecado y el título (que era lo único que el magistral conocía) era una avanzadilla en el camino de la moral y del orden patrio”. El librito se quedó compuesto y sin novio y Heliodoro, que trabajaba en Hacienda, desilusionado, dejó la poesía y se fue a vivir al molino de Gregorio Prieto donde todavía sigue de curator. El que esto escribe estuvo el verano pasado en el molino y tuvo la suerte de que Heliodoro le dejara fotocopiar el único ejemplar que existe. Hemos elegido uno de los siete sonetos.  Hay que decir que el título de la colección respondía al libro de Cernuda, que le habían enviado al editor desde México en su primera edición y que siempre ocupó un lugar privilegiado en su corazón y en su estantería. A la muerte de Raimundo Díaz su biblioteca fue ofrecida a la Biblioteca de Toledo, que declinó la oferta “por problemas de presupuesto” y finalmente fue adquirida por el librero Balaguer quien, a su vez, la revendió  en  e-bay. ¡Tanto coleccionar libros para morirse uno! Dejamos por ahora sin revelar el nombre del librito, esperando poder ofrecer a los curiosos lectores de esta antología de poetas menores algún soneto más de Heliodoro Buitrago.


   NB.- Esperamos que HB no se moleste por reproducir íntegra las dos páginas de libro maquetado pero nunca publicado.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La casa con una sombra dentro





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       Cuando llegaba Navidad en mi casa teníamos frutos secos de postre. Los ponían en la mesa en un cesto algo desvencijado que mi madre guardaba en el cuarto oscuro y que cubría con una servilleta para tapar la vejez. Yo me fijaba cómo los cuatro picos sobresalían del cesto y caían sobre la mesa, como si fueran alas de palomas. A veces pensaba si a alguien más se le ocurría algo así. Debía de tener cinco o seis años. Mis hermanos y yo preferíamos comer otro tipo de postre, por ejemplo mandarinas o plátanos porque eran fáciles de pelar. Los frutos secos nos los tenían que abrir y de esto se encargaba mi padre. A mí me parecía un prodigio, una muestra de fortaleza que él pudiera abrir dos nueces a la vez con una mano. Le miraba primero al rostro y luego a la mano y oía el chasquido y cómo las dos nueces se convertían en cuatro pequeños barquitos. He encontrado nueces y las he comprado y he vuelto a recordar a mi padre al intentar competir y partir dos nueces con una mano. Ha resultado muy fácil, porque no era cuestión de fuerza, como yo creía, sino de maña. Así fue todo: primero un deslumbramiento de tener un padre inteligente, brillante, serio, respetado por todos, capaz de partir dos nueces o de pelar una naranja o una manzana, lo que a mí me parecía algo mágico, sin que se le partiera la cáscara, que pudiera terminar el crucigrama del ABC cada día, el rito para encender el puro, desde quitarle la vitola hasta cortarle un extremo un poco y meterle una especia de aguja para hacerle un conducto, mi admiración de cómo manejaba la navaja barbera, con qué facilidad la ponía al final de la patilla como si fueran las manillas de un reloj a las tres y cuarto y cómo la bajaba lentamente dejando ver un rostro limpio...  Luego todas esas cosas las he hecho yo y me he visto reflejado en mi padre. Y el misterio ha desaparecido. Como ha desaparecido él y como yo he desaparecer.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Antología de poetas toledanos menores XII







Cuando supo que su nombre, de origen germano, significaba atrevido y bravo, se quedó todavía más apesadumbrado de lo que normalmente estaba. Hernán Brezo (1503-1539) nació en la Plaza del Conde, en el Palacio de los condes de Fuensalida donde su padre era secretario de la reina. En sus memorias, escritas en latín,  Hernán cuenta la historia de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, madre de Felipe II y una de las mujeres más bellas de Europa. Murió Isabel en el palacio y la llevaron a enterrar a Granada, a la Capilla Real. Acompañó al féretro el joven Francisco que era caballerizo de la emperatriz. Al llegar a la capital andaluza y ver el cuerpo descompuesto de su señora y dar fe a los monjes que era la reina, el que llegaría a ser San Francisco de Borja, dijo: “No puedo jurar que esta sea la emperatriz, pero sí juro que es su cadáver el que aquí ponemos”. Después de esto decidió ingresar en la Compañía de Jesús. El suceso dejó a Hernán conmovido y se retiró al Monasterio de San Juan de los Reyes a servir a un rey que viviera eternamente.  Hildebrando de Toledo cuenta que Fray Hernán tenía arrebatos místicos y que cada Viernes Santo se le reproducían las llagas de Cristo. No fue canonizado porque los médicos de la  Inquisición encontraron tatuado en su cuerpo las iniciales JN, el número 7 y la frase en tinta roja y en letra gótica “razón de amor”. Entre sus papeles encontraron también un librito titulado “Siete sonetos”, que perteneció al segundo marido de la duquesa de Alba quien lo tenía en gran estima. Antes de morir lo cedió al Departamento de Gender Studies de la Universidad de Princeton; actualmente, un alumno basa su tesis doctoral en este soneto. 


Herido estoy de gozo y de sosiego
y mi sombra te espera enamorada,
herido estoy de muerte por la almohada
que me puso la sangre como el fuego.

Espero que comprendas que no juego
a la muerte de amar en madrugada,
que la carne de nuevo es convocada
a la sombra del árbol que yo riego.

Que te quiero perenne y como río
dando razón de amor a mi sonrisa.
afluente tu cuerpo junto al mío.

Ni siquiera la muerte ni la prisa,
podrán quitar a la esperanza el brío
que pones a mi cuerpo sin camisa.