miércoles, 29 de octubre de 2014

La casa con una sombra dentro






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Todos le llamábamos por su primer apellido, incluida su mujer, y así le conocían en el barrio y en el trabajo. Se llamaba Faustino Molero-Peñaranda. El primer recuerdo que tengo de él es difuso y lejano. Lo estoy viendo todavía en el escenario del Teatro de Rojas, corriendo con un grupo de hombres que huían de una lluvia de teatro de aficionados. La compañía de la Fábrica de Armas, donde trabajaba Molero,  ponía en escena la zarzuela El amigo Melquíades, que era la primera zarzuela que yo escuchaba. Se me quedó para siempre aquello de...

 Anda ya; cógete de mi bracero
vámonos no descargue aquí el nublao;
que dirán, si me cala el aguacero,
va-calao, va-calao, va-calao...  


Luego le fui conociendo mejor. Se casó con mi segunda madre: Seve, que fue la hermana que mi madre nunca tuvo. Las dos compartieron muchos secretos que solo ellas sabían y han guardado para siempre.  Molero era un hombre delgado, de frente ancha, pelo negro liso, pegado con fijador, manos de pianista, inteligente, mirada profunda resguardada tras unas gafas de gruesos cristales, voz templada. Fumaba mucho, leía el periódico Arriba porque era falangista de corazón y de camisa azul. Un falangista que creía que las ideas joseantonianas cambiarían a España y a la sociedad. Cuando hablaba de política se engrandecía, tenía una oratoria de cámara de diputados, era elocuente, apasionado. Cuando hablaba con mi padre de política yo no entendía qué significaba eso de justicia social, revolución nacional sindicalista, sindicatos verticales, el ministro Solís es un traidor... Tenía una letra pulcra, equilibrada, unos números tan perfectos que cuando iba a hacer las quinielas, los de la tienda le decían que debería ganarlas solamente por la manera de rellenar los boletos.  En el pequeño comedor de la casa donde vivían escuchaba los domingos “Carrusel deportivo” e iba apuntando los resultados de los partidos, entre tazas de café, copas de coñac y cigarrillos. El lunes a trabajar, esperando de nuevo otro domingo y otras quinielas. Y de nuevo la esperanza. En aquellos tiempos yo empezaba a descubrir la riqueza de estar solo, de sentir eso que luego supe que llaman poesía, de lo fuerte que eran las tardes de verano con los chillidos de las golondrinas que bordaban la noche alrededor de la torre de la iglesia, y de cómo el corazón se me esponjaba cuando terminaba un curso y sabía que perdería a mis compañeros para siempre. En casa de Molero y de Seve, yo leí por vez primera, en el periódico de los domingos, las greguerías de Gómez de la Serna que luego seguí leyendo en ABC. También leía las pajaritas de Capmany y los artículos de Alcántara y en mi casa, mi padre me hacía recitar  poemas de Machado que venían en un suplemento especial del periódico El Alcázar.
      Al llegar la fecha de la muerte de José Antonio, en el Instituto convocaban un concurso sobre el fundador de la falange y como yo no tenía mucha idea del asunto le pedía ayuda a Molero y nos pasábamos tardes y tardes trabajando en el ensayo. Él me dictaba de su cabeza y yo escribía. Me asombraba todo lo que sabía. A veces al dictarme se aceleraba emocionado y me perdía y tenía que decirle que iba muy deprisa.  Vivían al lado de casa y yo me pasaba mucho tiempo con ellos. A veces, ahora lo recuerdo con vergüenza, iba los domingos muy temprano y no me abrían y yo me preocupaba de que les hubiera pasado algo, pero no me daba cuenta de que estaban recién casados y estarían ocupados en otros asuntos más importantes que abrirme la puerta. Tuvieron dos hijos. El único hermano que Molero tuvo era sacerdote y lo mataron en la guerra. Esta tarde mi hermana Carmen me llama y me dice: “A ver cómo te lo digo, se ha muerto alguien de la familia. Se ha muerto Molero. Al final lo pasó muy mal, tenía cáncer de pulmón...”
      Los muertos se llevan consigo muchas cosas, pero dejan también junto a la soledad y a la tristeza de la silla y la mesa vacías, muchos recuerdos que afloran con su partida. Y al recordar estos momentos Molero no está muerto, está vivo, joven, lleno de humo, de ideas revolucionarias, y le tengo presente hablándome de la falange, y le veo con la camisa azul y un lucero en la frente. A Molero le tiraron su muro y se encontró perdido y desilusionado de los camaradas. La camisa perdió el color y José Antonio pasó al olvido. Las rosas de Ridruejo se secaron y las flechas del haz se oxidaron. Vino el tiempo de la melancolía.  Yo espero que ese lucero que él tanto miró le haya iluminado el camino y le haya llevado derecho a un cielo más azul que su camisa donde pueda mirar cara al sol sin que se le nuble el corazón. Espero que las cinco rosas sigan como recién cortadas y las flechas del haz brillen en la noche de su eternidad.  Molero no perdía la esperanza y seguía jugando a la lotería cada día y a las quinielas con sus números de imprenta cada semana. Nunca le tocó nada, hasta ayer que ganó la quiniela de la muerte, a la que él nunca había jugado.