miércoles, 27 de agosto de 2014

La casa con una sombra dentro (32)



32




De doña Cándida recuerdo su voz, su altura y su hermano. Y que era maestra de la escuela pública que estaba cerca de mi casa. Su voz era de soprano, una voz que sobresalía en las procesiones, en las misas, en los actos de fin de curso de la escuela. Una voz educada, piadosa, de maestra católica, de señorita soltera de provincia. Tenía una sonrisa dulce y ademanes de monja vestida con ropa seglar. Por muchos años fue una presencia diaria en la iglesia, en el barrio, en los rosarios de la aurora en los meses de mayo y octubre, en excursiones a Lourdes o a Fátima, en visitas a personas ancianas. Doña Cándida, haciendo honor a su nombre, era una santa. Alta era un rato: de gran armazón, siempre guardando la compostura, vestida con blusas de manga larga y cuello redondo cerrado hasta el último botón. En misa arrodillada con dignidad, devota y entregada, en las procesiones, la mano manteniendo un cirio, la mirada fija al frente y cabeceando, a veces, a conocidos que la saludaban. El hermano era alto, un poco escorado, ojos azules y con “el baile de San Vito”. Impecablemente vestido, luminosa camisa blanca, corbata y traje grises, al andar arrastraba los zapatos, y las manos, que llevaba como atadas a la altura del pecho, le temblaban. A veces parecía que se fuera a caer, tambaleándose de un lado para otro, un poco un barco a la deriva. Siempre iba acompañado de su hermana y a veces al pasar a mi lado balbuceaba algunas palabras a manera de saludo que a mí me parecían unos sonidos oscuros y desgastados que salían de sus labios como un río turbio y espeso. Contaban que durante la guerra civil fue detenido por los rojos y llevado en un camión para ser fusilado, pero se salvó. Del terror de la detención, el paseo y el pánico de verse ante el pelotón se le debió oscurecer la razón. Doña Cándida se jubiló y su voz se perdió en la parroquia y su elegante y majestuosa presencia desapareció de las procesiones y de los actos sociales. Había que verla sentada con sus mejores galas en la mesa petitoria de la fiesta de la banderita, junto a las otras señoras bien del barrio, con tanta prestancia y solemnidad y una sonrisa amable y dulce. Su hermano también desapareció en algún asilo a esperar la muerte que no le llegó de joven y que le tuvo toda la vida muerto en vida.  Y cuando Doña Cándida, la maestra dulce y alta, de ojos suaves y voz de terciopelo, se fue empujada por la vejez que la obligó a desaparecer, se llevó entre sus manos de monja, entre sus ademanes de señorita soltera y virgen y entre su voz, el olor a incienso, la luz de los cirios pascuales y el brillo de las flores. Se llevó rostros que había olvidado y que al recordarla han acudido como llamas a mi recuerdo. Se llevó nombres y un tiempo feliz: el de mi infancia. Yo espero que todavía Doña Cándida esté viviendo en el corazón de algún alumno de los muchos a los que enseñó a leer y a rezar. Y aunque nunca fue mi maestra yo la llevo entre mis recuerdos como llevo el dramático baile de muerte de su hermano.