jueves, 10 de julio de 2014

La casa con una sombra dentro





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En mi casa, que no eran monárquicos, leían el ABC. Lo traía  al mediodía el señor Juanito del que decía mi madre había sido republicano. En el ABC aprendimos a leer mis hermanos y yo. Mi padre, después de leer la tercera página y las páginas de huecograbado en donde escribía artículos bellísimos y ejemplares González Ruano, se pasaba a las páginas finales a hacer el crucigrama que rellenaba a pluma y que siempre acababa. Luego volvía al comienzo a leer las noticias. Lo solía hacer sentado en un sillón o a veces en la cama, antes de echarse una siesta. Mientras la lectura se fumaba un puro habano que llenaba la casa de un aroma denso y que todos relacionábamos con mi padre. Yo empecé a leer, como mi padre, la tercera pagina, de la que a veces no entendía mucho. Cuando Azorín escribía me gustaba, porque me parecía que lo hacía muy fácil, que escribía para mí. Un día leí en El alcázar, el periódico local, que la Delegación de la Juventud convocaba un concurso de cuentos de Navidad. Yo debería tener trece o catorce años. Sin decir nada a nadie, en la vieja máquina de escribir que uno de mis hermanos conserva ahora como una antigüedad, escribí un cuento que se titulaba “Y en el cielo se oían...” Era ni más ni menos mi versión de un trozo del evangelio que habíamos leído en el colegio sobre el nacimiento del Niño Jesús en un portal. Recuerdo que a mí eso de “plica y seudónimo” que decían las bases me sonaba raro, así que mandé el cuento en un sobre en el que puse a las claras mi dirección y mi nombre. Leí la noticia con los ganadores en un periódico de la biblioteca. Vi que el segundo premio había sido presentado con el lema “Toleitola” y el ganador era un chico de Toledo que yo conocía de vista. Me faltó el tiempo al verle para preguntarle que qué era eso de la plica y que qué era eso de Toleitola y nos hicimos amigos. Luego él se echó una novia un poco mema con la que se casó, se hizo médico, se divorció, se volvió a casar y dejó de escribir. Cuando le enseñe a mi padre el premio en metálico y el diploma me dijo que podía quedarme con el dinero que él se quedaba con el diploma. Ese mismo día hice dos cosas: Primero, encargué a una casa de Barcelona dos sellos: uno que decía “Biblioteca de” y el otro “Hilario Barrero” para poder usarlos independientemente. Segundo, me fui a una de las pocas librerías que había en aquel entonces en Toledo y me compré mi primer libro: Don Juan, de Azorín. No recuerdo cómo pude encontrar la dirección del escritor ni lo que le escribí. Recuerdo que unos días después de un 4 de abril el cartero me trajo un sobre blanco, que yo había incluido con el libro, que abrí precipitadamente. Allí estaba mí primer libro dedicado por mi primer escritor. Una caligrafía frágil, de hormiguitas tímidas y un poco cansadas que intentaban subir entre ese vanidoso, infantil y ahora ridículo monte de “Biblioteca de H..B.” Lo más importante para mí, aparte de la carga emocional y de recuerdos que pueda traerme este libro cada vez que lo abro y lo acaricio, es pensar que Azorín, un escritor de una generación tan lejana como la del 98 que salía en los exámenes finales, tuvo este libro en sus manos, que por un momento esas hormiguitas fueron parte de su vida, de su respirar, de sus latidos, de su mirada. Eso es lo que hace único este ejemplar en el que el tiempo se ha puesto color sepia, después haber estado muy cerca de mí por cuarenta y cuatro años.