jueves, 3 de julio de 2014

La casa con una sombra dentro


     



      Se pueden ver en Internet los documentales del NO-DO. Desde el momento que he escuchado la sintonía y han aparecido las primeras imágenes me he visto rodeado de olores sucios y oscuridades frías, de temblores y recuerdos lejanísimos y sombríos.
      Y los tres cines de Toledo: el Moderno, el Imperio y el Alcázar, que han desaparecido, han vuelto a abrir sus puertas y he recordado las carteleras y las clasificaciones de la censura, desde el “1 Para todos los públicos” hasta el “4. Gravemente peligrosa”. Y en el pantalla de mi vida han aparecido rostros viejos que ya no están y rostros jóvenes que deben tener mi misma edad de entonces. Blanco y negro de nuestras miserias, de nuestras libertades cortadas, en nuestra  generación que fue una de las más castigada con la guerra todavía cercana, el olor a pólvora y a odio, coronas de laureles, caraalsoles diarios y camisas azules. Blanco y negro con la presencia de la muerte de familiares fusilados, del terror, de los maquis que bajaban, del miedo, de los jueves sin postre, de las cartillas de racionamiento, de la misa de doce los domingos y, la misa del colegio de monjas y la novena de la santa fundadora. Blanco y negro de los grises como piedras inamovibles, correaje nazi y bigote hitleriano, y por otra parte el desafío de tener escondido, en lo más hondo de la casa, el Libro rojo de Mao, regalo de un amigo, o los poemas de Miguel Hernández o tímidamente ensayar las primeras pintadas, el ciclostil aquel en el patio de una casa de vecinos escondida detrás del Alcázar, donde “imprimíamos” octavillas y noticias subversivas que escuchábamos en Radio España Independiente. Una generación a la que amordazaron su ira y enderezaron su gesto para no mirar hacia adelante.
      Entre tanto Franco recibía al Sha de Persia y a Soraya como si en España no pasara nada, se celebraba en Madrid, con asistencia de señoras de la alta sociedad y del espectáculo, la Fiesta de Banderita, en Toledo el cardenal Pla i Deniel presidia junto al ministro de Justicia, Iturmendi, la procesión del Corpus, y el Barcelona se proclamaba campeón de la Liga y toros, y fútbol y ciclismo y boxeo, y pan y circo, poco pan y mucho circo. Juventud oprimida, que nosotros supimos liberar con nuestras ansias de vida y de libertad. Fuimos una generación que pudimos jugar entre las ruinas de un Alcázar que hablaba de una gesta inmortal y montar en los coches eléctricos de la Vega chocando con alguna amiga a la que queríamos impresionar, emborracharnos oyendo las canciones de Joan Baez (We shall over came), leer a Neruda y a Machado y embotarnos de Centramina para poder estudiar varias noches seguidas en vísperas de exámenes.
      Los que pudimos salir de España volvíamos sorprendidos de haber visto la bandera comunista ondeando en la sede del partido en Roma o asistir a un huelga y poder leer poetas prohibidos en España. Entre un chato de vino y otro por las tabernas de Toledo y hablando en Zocodover de los brincos de Cordobés o de una alemana que se bañaba en el Tajo en algo que se llamaban un bikini, mientras Fraga se bañaba de cara al turismo y se hacía dueño de la calle, nosotros, entre NO-DO y NO-DO que nadie se creía, entre la tristeza de una ciudad gris llena de cadetes los fines de semana, nosotros, los “intelectuales”, los que compramos los dos únicos ejemplares que llegaron de Sobre la esencia, de Zubiri, que hablábamos de los solistas de Estrasburgo y habíamos leído a Nietzsche, nos sentíamos dueños del mundo y poseedores de la verdad y la razón.
       Casi todos los amigos nos supimos quitar el plomo de nuestras alas y volamos a estudiar a Madrid, tan cerca y tan lejos. Algunos volvieron y otros, los pocos, se quedaron perdidos para siempre por miedo a la mirada inquisicional de la ciudad. Algunos se quedaron pasando y paseando toda su vida por las mismas calles, viendo los mismos rostros, creando una familia, haciendo hijos y chocheando con los nietos, muriendo entre la húmeda soledad de una ciudad como Toledo y siendo felices.
     Entre esos niños que en los documentales del NO-DO miran sorprendidos el paso de la Custodia o aplauden a la llegada de Eva Perón, con pantalón corto, pelo cortado casi al cero, delgados, niños de los Maristas o de las Carmelitas, de diez u once años, me he reconocido sin reconocerme. Y he reconocido a todos los de mi edad que ahora esperan el paso de otra Eva y de otra Custodia, que ya no forman parte de la ciudad, que viven lejos aunque vivan cerca. A todos nosotros nos queda atrás, casi olvidados la aspereza de los Celtas y de Bisontes que nos mordían los pulmones, la arpillera del vino peleón, los primeros cuba libres, los primeros amores que a algunos nos distanciaron, los guateques en los que descubríamos el primer beso y el primer amor, las primeras peleas amorosas, el sexo a flor de piel y a escondidas, los primeros Beatles… Luego, ya establecidos, lo más burgueses de todos, la mayoría casados, celebrando cada año reuniones con sus mujeres en mesa de  cristalería fina y manteles de Lagartera, vino de cosecha única y camisas hechas a la medida. Casi ninguno se acuerda de la navaja que a uno de ellos le apuñalaba a diario su corazón. Zocodover era una fiesta en la que algunos nos quemábamos.
   Ahora todos tenemos miedo de ver pasar a una Eva que no sonríe y a una custodia de madera que encerrará nuestra historia, una historia única de nosotros que fuimos los niños de la postguerra en Toledo.