jueves, 22 de mayo de 2014




 

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Mi tío Andrés, el marido de la hermana mayor de mi padre, fue alcalde de San Martín de Valdeiglesias a finales de los años cuarenta y principio de los cincuenta. Acompañado de su mujer y su hija venía a pasar las Navidades con nosotros. Los primeros años traía puesta una camisa azul, llamaba de tú a Girón y era amigo de Ridruejo y Serrano Suñer. Mi tía era la maestra del pueblo y le llevaba diez años a mi tío. Era muy seria, “una Barrero”, comentaba mi madre. Tenía, en la planta alta de su casa, un oratorio donde rezaba el rosario cada noche. De comunión diaria, cuando se veían mi padre y ella, dialogaban sobre el Cántico espiritual o las Siete moradas, que a mi hermano mayor y a mí parecía que hablaban del Castillo de San Servando. Mi tío leía el ABC, llamaba cabrones a los que no pensaban como él, tenía un carácter muy cordial, unos ojos como dos diamantes y era un buen bebedor. Cuando supo que me gustaba la poesía, me regaló varios libros que tenía en su biblioteca, entre ellos volúmenes en preciosas ediciones de poetas falangistas o del régimen. Guardo aquí dos: Eugenio o la proclamación de la primavera, del olvidado  Rafael García Serrano, publicado por Ediciones Jerarquía, fechado en el MCMXXXVIII y con una dedicatoria que estremece: “Para mayor gloria del César joven, José Antonio… En memoria de todos los caídos antes de la guerra. En memoria de todos los camaradas que murieron por la Revolución Nacionalsindicalista. Presentes”. Y los Sonetos a la piedra, de Dionisio Ridruejo, editado por la Editora Nacional. Siempre me llamaron la atención tres cosas del libro: las ilustraciones, las personas a las que iban dedicados los sonetos y la nota, toda en mayúsculas, que iba al final del libro: “Este libro de “Sonetos a la piedra” fué (sic) emprendido en la primavera de 1935 e iba más que mediada la composición en el verano de 1936. No obstante, el último de sus sonetos queda fechado en 1942. Se acabó la impresión en el mes de noviembre de 1943 en los talleres tipográficos de Silverio de Castro, 40, Madrid. Las ilustraciones son originales de José Caballero”. Cuando me hice mayor y supo que me gustaba Alberti me dijo: “Ese es un jodío comunista y un cabrón de armas tomar”. Se llevaba muy bien con mi madre y los dos, en la cocina, mientras mi padre y mi tía hablaban de Juan de la Cruz y de Teresa de Jesús, bebían un vermú y hacían bromas sobre la seriedad de sus respectivos cónyuges. Yo pasé un verano con ellos y descubrí en el jardín, mientras mis tíos dormían la siesta, el peligroso perfume de la rosa y el traicionero reflejo del agua en el estanque. Y sentí, por primera vez, el filo de una navaja oxidada que desgarraba mi corazón.