jueves, 15 de mayo de 2014

La casa con una sombra dentro



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Renuncio a Satanás, / a sus pompas y a sus obras / y me consagro de nuevo /  al servicio de Jesucristo”. Lo estuvimos ensayando en el colegio durante una semana y la hermana Aurora nos decía que teníamos que decirlo más claro y más fuerte y con más convicción; algunos nos confundíamos y a otros se les olvidaba el texto a la mitad. “No se os olvide poner la mano sobre los evangelios – nos decía la monja –. Andad con paso firme, la cabeza alta, solemnes, recordad que acabáis de recibir el cuerpo de Jesús por primera vez, que sois sagrarios vivientes”. Yo lo ensayé en mi casa y me lo repetía cada cinco minutos. Pregunté a mi madre qué significaba eso de “pompas y obras” (que todavía no sé muy bien) y me dijo que tenía “que ser bueno, querer al niño Jesús, no pecar para no ir al infierno”. Llegó el día señalado, una vez terminada la misa nos pusimos en fila y fuimos consagrándonos de nuevo al servicio de Jesús; a unos se les olvidó por completo, ni siquiera la palabra “renuncio” les salió, otros pudieron decir dos “versos”, otros lo dijeron todo, alto y claro, solemnes y emocionados. De ese día me queda un cansancio y un dolor de pies, un sentimiento de inocencia, un olor a incienso, un chocolate espeso y festivo, mi hermano mayor con un traje nuevo con una chaqueta sin solapas y un recordatorio que decía: “El niño Hilario Barrero Díaz hizo su primera comunión el día tantos de tantos de mil novecientos tantos en la iglesia de San Marcos”. Había una imagen de El Buen Pastor con una oveja blanda y estúpida entre sus brazos y la siguiente frase: “El que come mi carne y bebe mi sangre vivirá en mí eternamente”.  Me queda también una fotografía que me hicieron a la salida del templo, con un compañero de colegio que se llamaba Alejandro; él lleva un traje de marinero, yo un traje de dos piezas, de chaqueta corta, corbata blanca, guantes, devocionario, rosario y unas gafas redondas. Me queda el sabor dulce de un trozo de pan.