miércoles, 5 de marzo de 2014

La casa con una sombra dentro





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Cuando llegaba el miércoles de ceniza, mi padre, tan buen aficionado a los habanos como católico, dejaba de fumar hasta el domingo de Resurrección y se convertía aún más al catolicismo. A pesar de que tenía bulas que le dispensaban, no sólo ayunaba y se abstenía de comer carne los miércoles y viernes, sino que posiblemente se abstendría también de todo contacto o placer sexual. Alguna vez ya de mayor me pregunté cómo le sabría el primer puro y cómo sería la noche-madrugada del domingo de Resurrección. Ahora que le recuerdo, en este miércoles de ceniza, su cuerpo y sus puros son ya polvo y en mi vida su imagen aparece desvaída, lejana y dolorosa. De aquel hombre alto, guapo y serio sólo me queda el olor del humo de sus puros, la dureza de sus ojos, la sobriedad de sus gestos, cómo se cruzaba la bufanda en los días crudos de invierno, aquel viaje que hizo a Roma y una mezcla de sangre espesa y nieve liquida que fluía entre sus venas y las mías alejándonos y uniéndonos. Pienso a menudo cual sería el primer gusano que nacería en su mortaja la primera noche de total soledad que empezó a comerse ese cuerpo que, destrozado en una carretera, tanto quiso mi madre. Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris.