jueves, 20 de febrero de 2014

La casa con una sombra dentro




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La biblioteca donde yo iba a estudiar estaba en el Museo de Santa Cruz y en ella leí, a mis diecisiete años, la obra completa de Nietszche. Éramos, a lo más, cinco o seis visitantes. En invierno una achacosa, vieja y destartalada estufa, que a mí me recordaba el primer acto de Bohème, (hasta veía al encargado, un viejo sordo con muy malas pulgas, quemando libros para calentarse como Rodolfo) tenía un tubo largo sucio y un codo herrumbroso que se tambaleaba a lo largo de la sala de lectura y asomaba su cabeza de humo por uno de los ventanales. Eran cuatro salas que correspondían a los claustros altos del patio, que habían cerrado con grandes ventanas. Vuelvo andando a casa. Bajo de nuevo por las escaleras mecánicas que unen el Toledo viejo con el nuevo. Son una brecha de plata en el marrón seco de la colina, un relámpago lento de metal. Paso por calles que me sé de memoria y que recorrí muchas veces cuando yo era niño y joven y que ahora en cierto modo ya no me pertenecen y me son extrañas. Calles estrechas y solitarias que en la oscuridad y el silencio de la noche fueron habitación para mi soledad.