viernes, 13 de enero de 2017

De unas memorias en progreso




Me recuerdan algunos amigos que hoy es el dia de mi santo. He recordado este fragmento de un futuro libro de memorias que ahora esta en progreso. Es un texto largo y pido disculpas. Es mi manera de dar las gracias a todos los que se han acordado de "San Hilario de Toledo". 
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Cuando vivía en Toledo, a eso de las nueve de cada 14 de enero sonaba el teléfono y todos sabíamos quién era el que llamaba tan temprano. Mi madre, que se había vestido como si fuera a recibir visita, cogía el teléfono y con su mejor voz de «señora bien de provincias» respondía solícita y educada. La veíamos sonreír y dar las gracias con voz de monja, como le decía mi hermano mayor. Era Su Eminencia Reverendísima en carne y hueso el que llamaba, el Sr. Obispo, con la sotana de botones rojos, el alzacuellos purísimo, el llamativo anillo de amatista que nos daba a besar cuando íbamos a Palacio el día de su cumpleaños, la riquísima cruz pectoral de brillantes que había pertenecido al cardenal Gomá, de quien fue secretario, la media naranja vacía del solideo y los puños de la camisa blanca con gemelos de oro con la cruz de Caravaca. Mi madre repetiría la historia de la llamada a lo largo del día: “La primera llamada ha sido la del Sr. Obispo, como todos los años, ya sabes que somos familia, para felicitar a mi marido y a mi hijo, y para decirnos que ha ofrecido la misa por su salud y bienestar». Yo ese día me sentía importante y hasta me parecía menos feo y horrible este nombre que siempre he odiado y todo porque el Sr. Obispo, un pariente lejano de mi madre, había llamado desde el Palacio Arzobispal para desearnos a mi padre y a mí un feliz día. Un vecino nuestro que había sido republicano y que echaba la culpa a la Iglesia de “lo del 36” me decía: «Si este pariente hubiera sido albañil me imagino que tu madre no hubiera apreciado la llamada como la de este parásito, que vive de hacer nada, pero como lleva hábitos y sabe latín pues tu madre pierde el culo por el parentesco”. Después de la llamada del Sr. Obispo, seguían las de las viejecitas de misa y comunión diarias, la del Padre Guardián de los Franciscanos que, en la fiesta que mis padres daban por la tarde, astutamente reservada por horas a diferentes grupos según las afinidades, se quitaría la cogulla y contaría chistes verdes, algo muy atrevido y casi herético en los tiempos de antes del Concilio. Llamaban algunos sacerdotes conocidos de mis padres diciendo a mi madre que habían ofrecido “el santo sacrificio por Don Hilario e Hilarito”, llamaban las monjitas del convento de San Antonio, a las que mi padre ayudaba monetariamente, llamaban las dominicas a las que mi madre les pedía que rezaran por la familia y les mandaba una «ayudita» de vez en cuando, llamaban las Benedictinas, que zurcían y bordaban prendas de mi familia, llamaban las Carmelitas descalzas que enviaban con la demandadera, la señora Eustaquia, docenas de preciosos escapularios, llamaban las otras Carmelitas, las de la Caridad, que eran las del colegio donde mis hermanas y yo estudiábamos. También llamaba el sacristán de la parroquia de Santo Tomé, el señor Miguel, que explicaba de carrerilla El entierro del Conde de Orgaz a los cuatro turistas que por aquel entonces iban a ver el cuadro del Greco, y, siempre las últimas, haciéndose las importantes, llamaban las hermanas del Sr. Obispo para decir que llegarían un poco tarde a la fiesta porque estaban muy ocupadas ya que ese mismo día tenían que ir, primero, a tomar el té en casa de los de Montemayor, que eran riquísimos y además benefactores de la Virgen del Sagrario, después a una entronización del Corazón de Jesús en casa de los Condes de Orgaz y al cumpleaños del canónigo penitenciario que era catalán y se llamaba Don Luis Guasch “y si nos queda tiempo pasaremos por ahí, pero no te lo prometemos”. Mi madre pensaba de ellas que eran dos brujas.  Pero un Papa convocó un Concilio y “la gente de iglesia” nunca más volvió a llamar y mi madre se quedó sentada esperando que el teléfono sonara sin imaginarse todo lo que el Concilio se llevó que, aparte del latín y las sotanas, del misterio y de la fastuosidad de la liturgia, se llevó a su marido que pasó de ser un católico ejemplar y un padre modelo a ser un renegado. Su Eminencia Reverendísima se murió, las monjitas dejaron el convento para trabajar en oficinas y hospitales, el Padre Guardián y el Maestro de Novicios colgaron los hábitos y se fueron a Barcelona a trabajar en Herder, las viejecitas, confundidas de tiempo y de normas, no sabían, si por culpa del Concilio, el día de San Hilario era el 13 o el 14 o no era nunca más y el sacristán se jubiló cansado de cantar en funerales, sonreír en bodas y bautizos y repicar en tiempo de resurrección. Mi madre, ya sin su marido que se había ido a vivir a la finca, esperaba no sólo el día 14, como había sido tradicional, sino también el 13, a que alguien llamara a felicitar a su marido y a su hijo Hilarito. Pero casi nadie llamaba.


lunes, 2 de enero de 2017

John Berger. La literatura y la esperanza.









 Pañoleta

En la mañana
doblada con sus flores silvestres
lavada y planchada
ocupa poco espacio en el cajón.

Desplegándola,
se la anuda a la cabeza.

Al atardecer se la quita
y la deja caer al suelo
todavía anudada.

Sobre una pañoleta de algodón
entre las flores estampadas
un día de trabajo
ha escrito su sueño.

    




KERCHIEF 

In the morning

folded with its wild flowers 
washed and ironed
it takes up little space in the drawer. 

Shaking it open 

she ties it round her head. 

In the evening she pulls it off 

and lets it fall 
still knotted to the floor. 

On a cotton scarf 

among printed flowers 
a working day 
has written its dream. 

      


sábado, 10 de diciembre de 2016

Pregunta final



Cruzar el puente como si no acabase nunca, pero al llegar, aunque ya no podamos desnudarnos como hicimos en el 71, que la laguna sea la misma donde nos conocimos, tal vez con otra agua más espesa,  peces de plata cenagosa, idéntica la orilla donde encontré las arras y pasamos la noche, de Salicio y Nemoroso la corriente, la espuma con raíces y las algas amargas; no ha de faltar la barca, Caronte de barquero y rogarle que reme a ras de agua, que así la travesía tardará en llegar a la otra orilla y me quede más de tiempo para estar a tu lado. Y mientras esperamos nuestro turno, la Estigia pantanosa, hacernos la pregunta final: ¿quién de los dos será el primero en colocar al otro la moneda en la boca?

jueves, 8 de diciembre de 2016

Celestina



Vieja y recién nacida, pergamino y pañal,
un eclipse de ojivas en su manto,
monja de toca atea con maitines de noche,
la saliva oxidada de su lengua de alfanje
afilando la miel en la garganta del novicio.

Maestra en el remiendo con aguja labial
su perfil se refleja cenagoso en la falsa moneda,
huesos, afeites, filtros y pociones
que aceleran la hoguera por la ingle,
en estado de amor la desazón de no vivir.

Con llave repujada de avariciosa herrumbre 
esconde en la alacena laberinto del siglo XVI
un rosario de misas condenadas,
libros sin imprimátur, clavos de la pasión,
bulas con indulgencias en un latín roído,
mitras cardenalicias con el cisma bordado entre la seda
y un linaje bastardo de hierbas nobiliarias.

Para el último acto de la historia se disfraza 
de niebla traicionera que emponzoña el paisaje,
convierte a la paloma en un halcón cautivo
de delicada ala y medieval zureo.

Victoriosa y triunfante se humilla y se doblega
y es su vientre reseco el último peldaño  
que lleva hacia lo alto de la torre
desde donde Calixto se arroja al precipicio
quedando embarazada de muerte la Edad Media.

martes, 6 de diciembre de 2016

Mirarse en un espejo al amanecer






Facebook nos recuerda que en diciembre del 14, a los 54 años de edad, se murió la poeta Claudia Emerson, que ganó el premio Pulitzer por su libro “Late Wife”. The New Yorker publicó en 2013 “Early elegy: Barber” que guardé porque me emocionó. En algún sitio ha amanecido un espejo vacío. Que sirva de recuerdo a la muerte de otro poeta.



Elegía temprana: Barbero

Guarda tijeras y navajas afiladas
en su estuche – sentado en uno de los sillones frente
a una pared de espejos vacíos que reflejan en otros espejos
detrás de él, las partes de atrás de su cabeza, una tras
otra, arrugadas y redundantes. Finalmente,
con una toalla cubre la pantalla del televisor
montado en la pared, como hubiera hecho –cercano
el final del día—con un periquito en una jaula.


Early elegy: Barber

Scissors and straight razors he keeps honed
in case—sits in one of the chairs facing
a wall of empty mirrors reflecting mirrors
behind him, the backs of his head, one after
the shrunken, redundant other. Finally,
with a towel, he covers the television screen
mounted on the wall, the way he might—nearing
the end of the day—a parakeet in a cage.